El Malecón es la sonrisa de
La Habana, el infinito mirador y el sitio al que todos acuden.Es el poderoso imán que invita a los niños a jugar, a empinar papalotes, y a los adultos a meditar, conversar, cantar, pescar y hasta a enamorar. Se dice que su muro es el asiento más largo de la Isla caribeña, el gran sofá donde lugareños o caminantes se han sentado alguna vez o detenido a contemplar las aguas, tranquilas o furiosas.
Pero, desgraciadamente, algunos de los miles de visitantes del llamado Balcón de La Habana dejan varios desperdicios en los arrecifes de esta parte del litoral norte cubano como son envases de metal, vidrio, papeles, bolsas de nylon y plástico que son arrastrados por las olas al mar, y esto implica la contaminación medioambiental.














